Capítulo XXVII

César Sur había llamado a Víctor por la mañana. Al parecer, tenía que presentarle a alguien importante.

Víctor se presentó en el despacho de César por la tarde.

En la sala había otros dos hombres junto al médico.

— Francisco Videla y su ayudante –presentó César.

Videla era un hombre de mediana estatura, regordete, con una gran calva brillante en el centro de la cabeza, adornada con pelillos morenos en la nuca y sienes, a juego con su perilla bien recortada. Un hombre vestido de traje y corbata, con maletín negro de importante directivo. Su ayudante era un hombre joven, también con traje, grandes gafas de pasta y mirada vivaracha y astuta.

— Yo tengo influencia en el Congreso. Soy un político respetado. Sólo necesito dinero y hombres que me apoyen en la renovación que pretendo.

— ¿Pretende dar un golpe de estado ordenado? —preguntó Víctor, incrédulo, previendo las intenciones del político.

El político se alteró. Su cara se hinchó y enrojeció.

— No, no, no, no, no —negó con efusividad. Dirigió una mirada a su ayudante, que parecía igualmente horrorizado—. No es un golpe de estado. Lo que yo pretendo es restablecer el orden que se ha perdido. Los políticos que están en el poder no lo están haciendo bien. Está todo planeado —dijo, asintiendo, vehemente, con la cabeza—. Conseguiremos apoyos.

— Entonces… ¿qué necesita?

— Gente que me ayude a hacerme con el Congreso.

— ¿Políticos de su partido?

Videla soltó una carcajada seca, que imitó su ayudante.

— ¡No, no, nada de políticos! Eso viene después. Lo que necesito son apoyos en la calle.

— Ah, bueno, entonces podríamos hacer una convocatoria en las redes sociales. Creo que mucha gente le apoyaría —intervino César.

— No, no, nada de perroflautas. Gente seria, gente trabajadora y responsable. Conseguimos su afiliación al partido, y está todo hecho.

La sala se quedó en silencio. Víctor no podía ocultar su cara de perplejidad. A continuación, el político comenzó a imponer las condiciones.

— Necesito, lo primero el dinero… Entiéndanme, esto tiene muchos riesgos, puedo ir a la cárcel, con Tejero… Mi familia no podría sobrevivir sin mí— y después de una pausa—. Ustedes depositan en el número de cuenta que les dará mi ayudante diez mil euros y en un par de días está todo hecho.

César y Víctor intercambiaron miradas significativas mientras el otro hablaba. César le prometió buscar afiliados entre sus conocidos, pero Víctor intuyó la ironía en sus palabras. Entonces, el político comenzó a farfullar:

— Siempre he sido liberal… La libertad, ante todo. Éste es un Gobierno de ladrones. ¡Qué digo ladrones! ¡Bandidos! Y luego uno, porque se opone a los abusos, le expulsan del partido…

César acompañó a Videla a la puerta.

— Bueno… entonces necesita apoyos exteriores y diez mil euros, ¿verdad?

— Sí, sí. Por mi familia. Necesitan tener un seguro si esto no sale bien, ¿comprende? Es todo para ellos… para ellos.

César le despidió y, tras cerrar la puerta, se llevó una mano a la sien, con los ojos cerrados. Víctor, aún desde su asiento, sonrió con tristeza.

— ¿Y con esta gente quieres hacer una revolución?

El médico, pensativo, murmuró:

— Sí, realmente… Esto es desolador. No tropezamos más que con cobardes, con inmorales. Son como los otros.

— Peores.

— Y, sin embargo, es preciso luchar contra esto, poner al país en marcha, renovar la atmósfera, hacer un pueblo europeo.

Víctor movía la cabeza negativamente:

— No, querido doctor. Lo que hay que hacer es provocar la gran revolución. Ustedes se empeñan en soslayar el problema, en confeccionar fórmulas pacíficas, sin contenido humano. Y mientras, el pueblo quiere otra cosa, se muere de esperanza por otra cosa.

 

(Autora: ISJ, editor: JFV)

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Capítulo XXVI

Madrid, 15 de mayo, la Puerta del Sol rodeada de pancartas, lemas como ¡toma la calle!, ¡democracia real ya! resonaban entre la multitud, miles de indignados buscando promover una democracia más participativa alejada del bipartidismo.  

Allí se encontraba Miss Marelyn. Llamaba la atención por su forma de vestir, por su forma de hablar, pasara por donde pasase, no dejaba a nadie indiferente. De pronto, empezó a desvestirse, dejando al descubierto la bandera de la República española.

Miss Marelyn fue apresada, ella se resistía pidiendo libertad de expresión, no podía creer que la policía estuviese actuando de esa forma contra ella. Se supone que España es un país democrático, ¿por qué me detienen?, ¿qué clase de democracia conciben estos salvajes?, pensaba ella para sus adentros, mientras gritaba ¡suéltenme! ¡Soy inocente! ¡No he hecho nada! ¡No he matado a nadie! Aquello le recordaba a la represión policial ejercida en países dictatoriales. Pataleaba, seguía manifestando a voz en grito sus ideales, y este acto le supuso que la policía se abalanzara sobre ella, y la caída le dejó inconsciente durante unos instantes.

Víctor Rías decidió escribir un artículo sobre este asunto y fue publicado en periódicos españoles e internacionales.

Elvira Casas, con el periódico en mano, llamó a Víctor:

— Víctor, acabo de leer tu artículo, ¿cómo está? No sé nada de ella, ¡dime algo!

A pesar de la imagen que tenía Víctor de Miss Marelyin, no dejaba de apoyarla.

— Sí, está estable.

— Menos mal, me había asustado.

— Lo que ahora me preocupa es este país. ¡Es vergonzosa esta situación!

— Ya, está todo muy mal… Pero creo que las formas de Marelyin no fueron las correctas… ¿A quién se le ocurre desnudarse en una plaza pública repleta de gente?

— ¿Y eso es lo que más te preocupa? Por favor, Elvira, respóndeme: ¿Cómo una persona por defender nuestros derechos puede ser humillada de esa manera?

Víctor no encontró respuesta.

Al cabo de unos días, Víctor fue llamado a declarar a la comisaria. Fue llevado a una sala en la que solo había una mesa y dos sillas, una enfrente de la otra. Una bombilla colgada del techo parpadeaba continuamente. Víctor y el comisario tomaron asiento, y a cada movimiento las sillas chirriaban como si fueran a resquebrajarse.

El comisario se levantó y señalándole con el dedo le recriminó su actitud:

— Es intolerable el artículo que ha publicado en la prensa porque ninguno de mis agentes golpeó a esa mujer. No hay imágenes que lo testifiquen.

— ¿Y cómo explica usted las secuelas físicas que presentaba?

— No hay ninguna prueba de que haya sido golpeada por la policía, y por tanto, le exijo que rectifique su artículo.

Víctor salió indignado. No podía entender cómo en un país en el que tanto se presumía de libertad de expresión, la censura se manifestara sin ningún escrúpulo.

 

(Autora: ISD, editor: JFV)

Capítulo XXIII

Algo nuevo se cocía con Madrid, Miss Marelyn, un ente extraño que aparecía en un mundo algo tardío como el español, era algo llamado “hipster” la última moda de Estados Unidos.

Su imagen era algo cómico, indefinido, un ser vestido con ropa estrafalaria, gafas de pasta que cubrían su pequeña cara, pelo moreno, recogido con un moño que parecía una torre de comunicación. Era una mujer bella, algo que ninguno sabía reconocer por su extraña imagen, en España no estaban acostumbrados a semejante personaje.

Era una mujer recién llegada de Washington, consonantizaba todo lo que pasaba por su boca y la gente se quedaba atónica escuchando su irreconocible español, ¿sería algo de moda “hispter”?

Entre sus aficiones estaba la moda, la poesía y otras cosas que es preferible no comentar. Solía salir a correr todas las mañanas con un modelito ajustado, de esos que ni siquiera se pueden poner los maniquíes. Le gustaba oír cantar a los pájaros, aunque más bien en sueños, llevaba siempre con ella el famoso i-pod, un objeto inservible que ha ido carcomiendo cerebros gracias a estos nuevos individuos.

Era una gran admiradora del arte clásico, aunque ya llevaba un tiempo en España ni siquiera había pisado el Prado. Todo parecía mera imagen. Ella buscaba la pureza del arte, la poesía pura, aunque en realidad todo era una falacia, pura imaginería.

Tenía fundado un club, arruinado, con el nombre de “cool girls”

Cuando Víctor fue al café San Ginés, se encontró con este ente que él pensó que era imaginario, le llamó mucho la atención, deseaba acercase a hablar con ella, finalmente se acercó, aunque más que una conversación fue una discusión.

— Disculpe señorita, me ha llamado mucho la atención su estilo, me gustaría saber cómo se llama.

— Oh my god, no necesito que me trate de usted, por favor, me envejece. Necesito la plena juventud para ser feliz, si no, no podría vivir, no puedo vivir sin mis cremas. En fin, mi nombre es Miss Marelyn, pero por favor, no me quite el Miss, es tan cool.

— Encantado Miss Marelyn, ¿de dónde ha sacado esa… nueva… digamos… ese estilo… tan… tan… tan… cool?

— Ay, please, señor, no me diga esas cosas que me sonrojo.

— Bueno señorita, parece que tienes la superficialidad por las nubes, estas nuevas modas que surgen en países tan “cool” como dices, no son necesarias si queremos construir un nuevo país. Necesitamos libertad de expresión, pero ante todo debemos ser humanos, homos sapiens, no marionetas que se dejan llevar por las modas.

— Are you kidding me? Es usted un maleducado, no necesito lecciones de moralidad, gracias. Nice to meet you.

— Yes, nice to meet you too, pero por favor, en español.

Miss Marelyn se marchó dando brincos de furia, con esos tacones gigantes que hacían que se torciera los tobillos al andar, sin embargo, Víctor se quedó sentado sonriendo.

(Autor: NRG, autor: JFV)

Capítulo XXII

Ahora. El frío azul de las paredes ahora lo es más. El humo del tabaco choca con las paredes y me recuerda lo asfixiante de esta habitación, del mismo modo que la ropa esparcida por el suelo. No dejo de mirar el móvil constantemente y he borrado todo contacto con ella, hasta en las redes sociales, como ella hizo conmigo, pero la foto del móvil soy incapaz de borrarla: sale preciosa. Las canciones de la radio me recuerdan a ella, las series también, y en la televisión sólo echan telebasura. El silencio me calma y me tortura a la vez…

Domingo por la tarde. El peor día de la semana sin duda: todo está cerrado; sólo pasean familias por los parques; y los chicos que anoche se divirtieron haciendo botellón aún siguen durmiendo la mona. No quiero saber de nadie, sigo haciendo zapping por si encuentro algo con lo que distraerme o muero de sueño. Es inútil.

Lunes. Mi madre ha entrado en la habitación pegando gritos como siempre, pero esta vez no los he oído, me daban igual. La he pedido que me suba la comida a la habitación pero su respuesta ha sido claramente negativa, por lo que me he pedido comida china. Mientras comía me he puesto a revisar los e-mails del trabajo, cuánto me he perdido. Entre los correos había uno con una invitación para la fiesta de mañana que organiza Edith por su cumpleaños en su piso de alquiler, y la verdad es que me apetece salir de este antro. Quién sabe, a lo mejor conozco a una chica interesante.

Martes. He salido por el centro a comprar un traje para esta noche y me he recorrido todas las tiendas, ya no hacen trajes como antes. Tendré que comprarme un jersey gris, sí, gris, me gustan los jerseys de color gris. Cuando he pasado por la calle Montera de camino al McDonal’s para comer, una chica extranjera muy guapa que iba vestida muy a la ligera se me ha acercado y me ha ofrecido sus servicios por un precio demasiado bajo. Al principio se me pasó por la cabeza aceptarlo, pero tenía muy seguro que era una locura. Aun así me sorprende cómo una mujer tan joven vende de esa manera su cuerpo a un extraño, y por tan poco dinero. Al ver la escena, dos policías me han parado para registrarme. Me han preguntado si llevaba algún tipo de estupefaciente encima y si conocía a aquella señorita del norte. Imagino que la expresión se debía a que la mujer era rubia y de tez muy clara. Por suerte, en ese momento no llevaba los cigarros de la risa ¿No tendrán otra cosa mejor que hacer estos agentes de la ley?

He cogido el coche y he ido a casa de Edith. No he encontrado aparcamiento y no llevaba dinero encima para dejarlo en un parking, asique lo he tenido que dejar en un descampado que no me ha inspirado mucha confianza. Cuando subí ya había mucha gente con las copas en la mano y la música del ordenador sonaba de fondo. Había más mujeres que hombres, y eso me dio esperanzas. Hablé con una, dos y tres mujeres, y he de admitir que la segunda me pareció interesante. Era una mujer colombiana que vivía en Barcelona y estaba en la fiesta para recoger firmas contra el desahucio de la calle Mogambo. Después de firmar aquella hoja me dio las gracias llorando, pero yo no entendí aquel lloro. Resultaba ser que su hermano se había suicidado hacía un mes en esa misma calle y por eso estaba en Madrid. Esa noticia me dejó un poco traspuesto el resto de la noche, pero quizás, gracias a eso se me acercó una cuarta mujer para preguntarme si me sucedía algo. Era una estudiante que había venido a España a estudiar gracias a una beca. La verdad es que no era guapa, pero tenía un encanto especial y parecía muy simpática, hablaba muy bien el español así que estuvimos charlando. No sé si fue por el alcohol, pero el caso es que acabamos teniendo más que palabras.

Miércoles, por la tarde. Qué dolor de cabeza… Me siento incapaz de levantarme de la cama y dentro de unas horas tengo una entrevista de trabajo como comercial de una empresa de contadores, o algo por el estilo. No es el trabajo de mi vida, pero algo tendré que hacer. La chica de ayer durmió en mi cama, eso está claro, pero debió de irse pronto. Me pregunto si sólo quería compañía por una noche. Se daba un aire a Lina… creo que no fue buena idea… No me encuentro bien.

Jueves. Esta tarde he quedado con Edith, Elvira y un nuevo novio que se ha echado para ir al Parque de Atracciones. No sé para qué quieren ir, si luego sólo se montan en un par de atracciones y pagan una fortuna por ello. En cuanto llegué a casa le di muchas vueltas a lo que me había pasado durante estos días. Me dieron muchas ganas de escribir. Estaba cabreado porque por una mujer hubiera perdido la razón y el control sobre mí mismo, pero también porque en pocos días conocí demasiada injusticia social. Publiqué unos cuantos comentarios en las redes sociales contra de la innecesaria monarquía que sólo sirve para dejar en evidencia al país con sus accidentes y cuentas extranjeras, y contra el Gobierno nacional de sistema bipartidista. Jamás entenderé por qué un país puede ser cada cuatro años de una ideología totalmente diferente. Definitivamente, los españoles votamos con una única preocupación: cara o cruz.

(Autor: LRM, editor: JFV)

Capítulo XXI

Sebastián Don llevó un día a Lina como invitada a un nuevo programa llamado Secretos del Corazón. Fueron en su nuevo coche, un audi A3. El coche se deslizaba por el pavimento suavemente, Lina notaba cómo el viento le esparcía los cabellos. La muchacha observaba la ciudad urbanizada, cómo había crecido desmesuradamente desde la última vez que pasó por allí. Algunos pisos estaban inconclusos y en ellos estaban fijados carteles de sindicatos y pancartas reivindicativas. El aire ya no era puro, estaba mezclado con polución y azufre por la cercanía de una fábrica.

La carretera continuaba y parecía no terminar. Los arcenes se habían convertido en largos pasillos oscuros, Lina miraba distraída por la ventana los quilómetros que faltaban. Sebastián le acariciaba la rodilla y la intentaba tranquilizar pues el programa podía ser una buena oportunidad para relanzar su carrera.

Cuando llegaron al estudio de televisión todo el mundo se movía frenéticamente. Varios becarios corrían detrás de sus jefes sirviéndoles como criados y apuntando notas sin sentido; otros les llevaban el café espumoso junto con la caracola requerida. Estos nuevos ricos se creían importantes con su corbata planchada, pantalones negros y calcetines de marca. Lina les odio por dentro y sintió lástima por esos “criados” que servían a sus amos. Pensó que esta historia se repetía siglo tras siglo: ricos y pobres.

Más tarde pasó a la sala de cámaras. Observó cómo centraban la imagen, le daban brillo y color y la retrasmitían por muchas pantallas a la vez. Los técnicos de sonido llevaban unos grandes auriculares que a veces se quitaban para comprobar con otros la calidad del tono. Lina estaba muy nerviosa y parecía haberse quedado sin uñas. Sebastián llegó con un amigo que había estudiado telecomunicaciones. Este le empezó a explicar todo el intríngulis del mundo de la televisión. Ella apenas le escuchaba.

— Y estos técnicos, ¿cuánto cobran por hacer eso?…

— Pues de ochocientos euros por las ocho horas. Yo creo que se sacan un buen sueldo además, ¡viven con más gente!

El que respondía había estudiado Telecomunicaciones en EEUU. Lina le miró con rencor. Ochocientos euros, es decir, lo que ella podía gastar en uno de sus muchos viajes al extranjero.

Recordó el audi A3 del periodista, veloz y confortable, y le pareció que iba tirado por aquellos técnicos y becarios que se conformaban con pocos euros al mes por el trabajo costoso que hacían. Su peor calvario era soportar a sus superiores cerrando el pico ante cada responso.

Lina se quitó su abrigo de marca francesa y se empezó a empolvar la nariz disimulando sus orejas y su cansancio. El maquillaje no parecía tan eficaz como otras veces, esta vez se notaban sus imperfecciones. Ya no era aquella muñeca perfecta. Todos los maquilladores intentaban arreglar a los famosos que se concentraban en aquella sala. Estaban a punto de salir a antena:

— ¿Tienes miedo? —le preguntó Sebastián.

— No.

El ingeniero en telecomunicaciones no paraba de hablar de programas de televisión, de los nuevos ricos y de cuan incompetentes eran estos becarios. Aquel hombre, de una pedantería irritante, lo censuraba todo, y sólo encontraba bien sus propias ideas. Lina le habría abofeteado.

— ¿Ya?

— Ya.

Ya estaban en antena. Las luces le cegaban y hacía un frío horrible en aquel plató de televisión. A Lina le deslumbraba el brillo exagerado de los dientes del presentador. Se escuchaba al fondo ruido de cables, cámaras y papeles que parecían perforar el oído de Lina, sin contar con el pinganillo que le habían puesto.

El público aplaudía con entusiasmo otros muchos estaban dormidos en las butacas. La muchacha podía observar todo desde ese sofá rojo brillante. Sebastián Don extendía los pulgares desde los bastidores y su sonrisa parecía forzada. Lina comenzó a sentir una fuerte ansiedad en su pecho y un deseo de huir de aquel mundo de apariencias. Parecía que el universo entero la aplastaba y que pronto se encontraría rodeada de las tinieblas. Quería que el programa sufriera un apagón y poder salir de allí. Quiso contenerse, pero no pudo. En una pausa publicitaria le anunció a los directivos que tenía otros compromisos y que tenía que irse.

— Tengo otros múltiples compromisos. En breve tengo que irme

— Quedan todavía una hora y media de programa.

— De ningún modo. Me siento muy mal pensando que muchas personas me están viendo desde sus casas.

Cuando Lina se salió de aquel mundo sintió un gran alivio ¡Oh, qué delicia! Estaba otra vez libre. Mientras se desmaquillaba casi arrancándose la cara pensó: «He estado una hora en el infierno, un infierno helado y lleno de luces» ¿Por qué esos hombres tenían que soportar esa presión y ese trato día a día?

A su lado oyó la voz de Sebastián Don, inflexible y dura, que hablaba de coches y de negocios. Cuando volvían en el coche, él alababa al ingeniero de telecomunicaciones:

— Desde que lo tengo ha aumentado los televidentes en un 40%. Es muy recto con el personal. No les deja parar.

— Me parece un hombre horrible que no da tregua a sus empleados.

— ¡Mujer! ¿Por qué?

— Porque sí. Porque solo busca el dinero y, en cambio, se cree superior que esos becarios.

— ¡No los conoces! Si pudiesen, me arruinarían.

— Hacen bien.

El periodista dio un salto en el asiento. No era un bache: era una sacudida de asombro.

— ¿Cómo?

— Claro. ¡Más arruinados que ellos!… No sé por qué han de trabajar para otro.

— Porque soy el jefe de redacción —respondió Sebastián enfadado.

— ¡El jefe! ¡El jefe! Pero ellos son los que sufren mucho trabajando para usted.

— Pongo en peligro mi dinero.

— El que ellos ganan para ti.

— Bueno. No quiero oírte esas cosas, ¿sabes? Estás loca.

Lina no replicó. Pero su alma estaba en rebelión y sentía como nunca una furiosa rabia contra el dominio y la fuerza. 

(Autor: VRC, editor: JFV)

Capítulo XX: Nueva forma de equilibrar la balanza

¡Qué ignorantes son esos hombres anticuados que andan por los grandes bulevares con mujeres cuyas miradas amorosas se hacen con ojos fríos! Esas mujeres que relucen el momento de despedida, como aquella modelo alternativa. Sola, esta mujer frígida toma otra forma. En los taxis que le trae a cualquier sitio a su antojo o en los áticos de lujo alquilados por su amante revela lo que a él le niega – la misma de antes, la mujer voluptuosa. Su presencia provoca una electricidad de las cosas que le rodea. En las calles las chicas de blogs fashionistas le toman fotos, subida miles de veces es una cara que pueden verse de lejos, pero la felicidad sutil de aquella sonrisa, no se siente. Cada imagen una prueba de lo que existe sin él, y lo que nunca conocerá.
Parece un pozo profundo, sin embargo él no es nada más que la superficie congelada. Lo que representa no es la igualdad como conocemos, sino una tentativa de restablecer el equilibrio. No es la mujer autónoma que trabaja y gana su propia vida, sino la que toma y daña a los que toman y dañan a los demás. La igualdad que representa todavía es una lucha, pero la lucha no se hace en las calles con pancartas ni en las oficinas de grandes empresas, esta lucha se hace en secreto, no, es la subida de la mujer en el mundo laboral y la degradación del hombre en el mundo íntimo.
Empero estos hombres no entienden, no ven la destrucción que les amenaza desde su propia cama. Se ven como su salvador, lo que va a vencer la mujer intocable, cuyas joyas y it-bags derretirán su exterior helado. Le tiran dinero esperando gratitud y amor, esperando a que todo se alinee como en sus negocios. Y es sólo en el momento de darse cuenta de su ruina que ven que la mujer sigue como siempre, una red inmensa de pensamientos y sentimientos que nunca han entendido y nunca entenderán.
(Autor: ER, editor: IMDJ)

Venus ante su espejo

Era joven, atractiva. Al final de la noche había terminado en la habitación de una amiga. No se podía quedar dormida. Algo le preocupaba: era la primera vez que mentía a sus padres y que se quedaba a dormir fuera sin su permiso. Activó su Blackberry en la oscuridad de la habitación. Su rostro pequeño, sus ojos manchados de pintura negra, su desmarañada melena se iluminaron. Parecía aturdida, no podía moverse para no molestar a su amiga. ¡Lo que hubiera dado por estar en su cama, en su casa! Decidió levantarse con cuidado e ir al baño a asearse un poco. Le dolía la cabeza y tenía ganas de vomitar. En pijama aún parecía más niña. Se miró al espejo y se sintió mayor: su mirada se prolongó más allá del reflejo. Contempló sus armas de mujer después de la batalla. Sintió orgullo y miedo a la vez. Se lavó la cara y el roce del agua fría le causó un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

 Era otoño y aún no estaba la calefacción encendida. Volvió a la cama y se acurrucó entre el edredón. Su amiga dormía profundamente. Activó de nuevo la pantalla del teléfono. La luz se reflejó en su cara: ¡tenía mensajes! Después de leer el último recibió uno nuevo. Era Víctor. Sonrió.  Intuyó que quería decirle algo pero no se atrevía. Víctor era muy simpático, pero tímido, demasiado tímido. Ella era una de tantas adolescentes que trasnochan los fines de semana en la soledad de los cuartos de sus amigas, cómplices en la búsqueda nocturna. Se decidió sigilosamente a teclear.

(Autor: MDRL, Editor: DYM, Imágenes: JCCP)